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Esclava del rencor

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Vamos rumiando por los rincones con el agravio a cuestas. Necesitaríamos tener los cuatro estómagos de una vaca para poder digerir el resentimiento que nos carcome.


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Repasamos miles de veces el episodio con el que nos patearon el trasero, lo masticamos concienzudamente como si fuera un chicle mental, hacemos el intento de tragar gordo a ver si se nos pasa, pero qué va, el rencor sigue atornillado en el mismo sitio cada vez que nos acordamos de la ofensa.

Por mucho que intentemos mostrarnos crecidas y bondadosas, hay que reconocer que cuando no probamos el veneno del comportamiento humano caemos en un remolino emocional que nos causa sufrimiento. Basta haber vivido la infidelidad de nuestra pareja, la hipocresía de una amiga del alma, la serruchada de piso de un colega, un despido injustificado o un conflicto familiar para sentir que la rabia, el dolor, el rencor, la impotencia y el deseo de venganza se instalan en nuestro corazón.

Comprender cómo nos relacionamos con el perdón nos puede dar luces para encontrarle una salida:

* Perdonar es un proceso: necesitamos vivir lo que nos produce la situación, sentir cada una de las emociones que nos mueve sin etiquetarlas como buenas o malas, sino aceptándolas como lo que son. Pasar por cada una de las etapas –confusión, negación, rabia, resentimiento, etc.– sin buscar atajos, nos ayudará a procesar el perdón dentro de nosotras.


* Perdonar es una intención: si tenemos el propósito genuino de perdonar, necesitamos enfocar nuestro ánimo hacia la conciliación. Eso significa trabajo personal, esfuerzo, paciencia y rumbo sostenido.

* Se necesita distancia: pretender perdonar mientras estamos en pleno ojo del huracán no nos conduce al verdadero perdón. Alejarnos nos permite hacer contacto con lo que sentimos y poner en orden nuestras ideas para saber lo que queremos hacer. Tienes derecho a tomarte el tiempo que necesites. Díselo a la otra persona en forma clara.

* Perdonar no es olvidar: nos enredamos cuando confundimos las dos cosas. No podemos borrar lo que forma parte de nuestra historia personal y nos movió el piso. Es más, no nos conviene hacerlo, pues estaríamos negando la realidad y el valor de la experiencia en el aprendizaje. Perdonamos cuando, a sabiendas de lo ocurrido, logramos trascenderlo y sentirnos en paz.

* Perdonar es soltar: cuando nos relacionamos con el perdón en función de nosotras –más que del otro– tenemos la posibilidad de hacerlo genuinamente. Soltamos cuando ya no cargamos el peso muerto del rencor, entendemos al otro desde sus flaquezas, dejamos de reaccionar como un resorte ante el recuerdo, nos olvidamos del pase de factura y nos podemos acercar en forma espontánea y fluida. Andar por la vida con el rencor a cuestas nos hace daño y nos impide vivir en armonía.

Suelta el fardo
1- Libérate de la indigestión rencorosa por tu bienestar.
2- El “ojo por ojo” no te garantiza resultados.
3- No expreses un perdón sólo por salir del paso.
4- Sabes que perdonaste cuando la ofensa ya no te mortifica.

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