El jardín de las virtudes

El otro día vi un jardín en el que había toda suerte de plantas curiosas, tales como la fidelidad, que, como es sabido, no crece precisamente en todas partes. Había también una fila de virtudes de colores, como el empeño, y sabe Dios qué más. En una esquina estaba la paciencia inagotable, un árbol nudoso y robusto, seguramente estimable de suyo en grado sumo.

Seguí mirando, allí crecía el ánimo, siempre verde, y justo al lado ese amor inmarchitable y esa esperanza que no envejece. Luego vi la fe alegre e inviolada y, tan escondidas que apenas se las veía, las más encantadoras ideas.

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La perseverancia y la modestia florecían para mi no poca sorpresa con cierta abundancia, aunque ¿qué pretende decirnos el autor con este singular jardín? ¿Piensa acaso en el cultivo de la nobleza por parte del hombre? Son algunas reflexiones que plantea Robert Walser en “La habitación del poeta”.

Por curiosa sincronicidad me encontraba en Suiza cuando recibí este poema, no lo conocía ni a su autor. Me encantó. Es hermosa la analogía que establece en relación a las plantas de un cuidado jardín y las virtudes que podemos desarrollar los seres humanos si nos esmeramos en cultivarlas.

Me gustó la sensibilidad con la que destaca las características particulares de cada virtud asociándolas con elementos propios de la naturaleza. Aparte de las virtudes mencionadas en el poema le agregaría a nuestro jardín las semillas de la verdad, la justicia, la sabiduría, la solidaridad, la bondad y la templanza. ¡Cultivemos nuestro maravilloso jardín personal!

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Por: Silvia Mago