¡Te juro que es la primera vez que me pasa!

¿Qué suele suceder cuando un hombre vive una dificultad sexual que sobre todo involucra su desempeño en términos de rendimiento? ¿Se generan las mismas reacciones, o se crea el mismo clima durante el encuentro sexual, cuando la dificultad la vive una mujer? ¿Porqué se puede ver vulnerada a tal punto la autoestima de un hombre cuando no puede tener una erección o controlar la eyaculación?

Desde muy pequeños los hombres suelen ser educados a desarrollar una relación con sus cuerpos muy alejada de lo sensible y dependiente, como forma de contrarrestar cualquier parecido con lo femenino. De esta forma se los entrenará para que experimenten y se identifiquen precozmente con lo rústico, lo desalineado, lo intrépido y lo violento, como manera contra-fóbica de aprender a controlar el miedo, el dolor y la sensibilidad, que finalmente les permita convertirse en un auténtico espécimen de macho que se burlará de cualquier amenaza que lo pueda “acobardar”.

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Las expectativas sociales y parentales prejuiciosas en relación a un deseo sexual hiper intenso en los hombres, genera muchas veces que el niño aprenda a relacionarse con su cuerpo y sus genitales como aquello que lo coloca en un podio de importancia fálica. Desde ahí se le augura un futuro de proezas sexuales relacionadas con un “siempre listo”, que impedirán que cuando adulto logre captar las tonalidades fluctuantes de su propio deseo y actividad sexual.

Paralelamente la cultura se encargará de naturalizar en el hombre y en el imaginario de todas las personas, una determinada concepción de masculinidad, así como de cuerpo y de deseo sexual “de hombre”. Y lo hará sobre todo a través de una serie de advertencias y amenazas sobre los daños irreparables que un hombre podría sufrir si no cumple con lo requerido por esa estampa fálica de imponencia sexual. No por casualidad la “disfunción eréctil” ha recibido el término popular de “impotencia”, reafirmando la falsa creencia de que sería una de las “peores cosas” que le puede ocurrir a aquel que en definitiva no puede “rendir como hombre” en la cama.

Para “estar a la altura de las expectativas”, los hombres deberán negar cualquier resabio de lo sensible que los desvíe de cumplir con la paradoja de tener que actuar por un lado como un ser “salvajemente indómito” en lo sexual, a la vez que como una máquina corporal de precisión y fuerza que “funciona” sin tener que considerar las “humanas” vicisitudes de interrogarse sobre qué siente y que desea realmente en lo sexual.

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Construida la estampa de poder en torno a la destreza física, el desborde impulsivo de deseo y la infalibilidad sexual, el hombre común de “carne y hueso” no tendrá otra más que mantener la negación de lo emocional. Negación que tuvo que ser desplegada para convencer (se) de encarnar ese ideal del macho socialmente demandado que “siempre puede”.

Por ello tanto él como el resto del colectivo social que lo sostiene y lo compele a que haga de macho rendidor, deberán reforzar la falsa creencia de que para los hombres “todo bicho que camina va a parar al asador, o que sus erecciones son reflejos automáticos que deben dispararse siempre de la misma manera sin importar las condiciones ambientales, emocionales y vinculares, o que incluso el adecuado control de la eyaculación es lo que aparentemente constituye a un hombre “hecho y derecho”.

Ante estas expectativas megalómanas de tener que actuar en el sexo como un animal de “puro instinto” o una máquina pre-programada, resulta evidente que las fluctuaciones propias del funcionamiento sexual muchas veces no van a ser reconocidas por el hombre (y quien lo acompaña) cuando se manifiestan en su propio cuerpo y sus propias emociones.

Ello sería así porque las expectativas sociales de rendimiento sexual que construyen su identidad, lo enfocan en tan sólo cumplir con esa “patria” o “religión” masculina, la misma que lo convenció de renunciar a su sensibilidad para detentar los privilegios patriarcales que supuestamente trae ser un hombre con pene grande y erecto.

Pero el poder que entraña dicho privilegio despoja a muchos hombres de la posibilidad de armonizar con las variaciones obvias de su funcionamiento sexual. Por esta razón cualquier cambio en la forma automática que conoce de lograr una erección, puede que sea vivido angustiosamente como “alarma”, “dificultad”, “daño” o “falla”, cuando en realidad no sería más que la humanidad de su propio cuerpo expresándose como cuerpo, y no como una máquina de producción de bienes fálicos.

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Es a través de su funcionamiento sexual que los hombres identificados con la masculinidad hegemónica suelen “hacer agua”, no sólo porque es ahí cuando quedan “desnudos”, sino también porque “saben” que la estampa del macho no deja de ser una mentira que todas las persona sostienen, y que por tanto puede “mostrar la hilacha” en cualquier momento.

Estas mentiras de la masculinidad construyen un hombre partido entre el duro Superman y flácido alfeñique. Un hombre que busca siempre ser el macho idealizado a costa del terror que le causa saber que la sensibilidad que aprendió a ver como femenina, lo persigue a cada paso para recordarle su humanamente limitada realidad corporal.

Por eso debe excusarse cuando el pene no responde como poderoso falo, en intento de disimular la misma terrible vergüenza que siente un niño cuando es descubierto en su mentira narcisista, quedando profundamente angustiado ante la posibilidad de no ser querido por haber revelado su humana (e infantil) “blandura”.

Te juro que es la primera vez que me pasa”, dice el hombre que responde desconcertado por su “falla”, ante un tribunal que interpela la supuesta infalibilidad fálica de la que siempre se ha jactado. Un tribunal del cual teme el veredicto del destierro del país de los hombres machos.

Y por eso debe jurar, como se le jura a los dioses (o a la autoridad, o a las figuras parentales cuando se es un niño), esos dioses perversos y traidores que jamás realmente lo han protegido, al dejarlo jugar a creerse un embajador de la deidad en la tierra, a sabiendas que eso lo condenará para siempre a cargar con la vulnerabilidad negada de su propia corporalidad.

Por Lic. Ruben Campero

Ruben Campero es Psicólogo y Sexólogo. Conduce Historias de Piel, programa que va todos los domingos a la hora 21.30 en Metrópolis FM, 104.9. Podés escucharlo y además enviar tus opiniones, testimonios y consultas vía twiter, mensaje de texto (SMS al 1049, con la palabra piel, espacio y luego se escribe), de facebook, o correo electrónico ([email protected]).

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