Haber amado y perdido: el proceso de duelo en navidad | Por: Elisa Martínez

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Diciembre es un mes complicado para quien atraviesa el proceso de duelo…

Por más que te hayas empeñado en creer que todo va a estar bien; por más que hayas leído, pensado, meditado, trabajado sobre el tema del dolor y la pérdida en esta etapa del año aflora la nostalgia. Nuevamente, la herida vuelve a sangrar.

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La silla vacía, el eco de una risa, la palabra que te alcanza por azar, el deseo que ya no se va a cumplir. O simplemente el regalo que no tendrás que comprar. Esa tristeza que creías casi superada te vuelve a arrastrar al fondo denso de una oscuridad que te asfixia.

Entonces dejas salir la tristeza, vuelves a tu centro, y reencuentras el regalo escondido, camuflado entre las ramas de pino y el musgo del pesebre.

El dolor de la pérdida solo puede existir cuando hemos amado.

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Y ¿cómo no celebrar el haber amado?

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El luto es un viaje laberíntico y enigmático. Sus implicaciones no son solo emocionales y personales, también son físicas, sociales, económicas, espirituales y existenciales. Afectan la vida entera, puesto que debes reinventar los modos de enfrentar la “nueva normalidad”. Así como el entorno social que te envuelve.

De todo lo anterior, esto último puede ser lo más difícil…

El proceso de duelo en navidad es complicado:

Lo primero es aprender a aceptar que la vida no será igual, nunca más. Y a partir de esa certeza, emprender un viaje interior para confrontar el dolor y el vacío de la pérdida. No se puede huir de ese vacío.

No pretendas distraerte con actividades sociales o trabajando veinticuatro horas. Solo estarás poniendo vendas en una herida que no dejarás cicatrizar.

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Es el momento de pensar en cuidar de ti, en mirarte al espejo y preguntarte cada mañana: “ ¿Hoy qué quiero y qué puedo hacer por mí?


El el proceso de duelo es un aprendizaje natural, sagrado y personal. Y tienes derecho a afrontarlo a tu manera. No aceptes que nadie te diga cómo vivirlo o cuánto debe durar.

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Nada me obliga a ir donde no quiero.

Nada me obliga a hacer lo que no quiero.

Nadie me obliga a estar con quien no quiero.

Puedo llorar si así lo quiero. Pero también puedo reír o bailar.

Puedo donar las pertenencias de mi amado. O puedo guardarlas para siempre

Puedo releer sus cartas de amor. O puedo quemarlas y ofrecerlas al universo

Puedo agradecer a Dios por la nueva persona que soy. O puedo reclamarle mi tristeza.

Que nadie te juzgue, o que poco te importe…  

Cuando tropiezas con la muerte dejas de temerle, y también dejas de temerle al mundo. Miras hacia adentro para hallar tu verdadero sentido y trascendencia. Si te lo permites, es un nuevo comienzo.  

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Cuando la brisa decembrina traiga su recuerdo con aroma a pino, enciende una vela. Pon flores en el jarrón junto a su retrato. Escríbele una carta. Reza una oración. Escucha aquella canción. Tómate una copa de vino en su nombre. Ponle un lugar en la mesa.


Y recuerda que no habría dolor si no hubieras amado…

 

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